Se sentaron uno frente a otro y se miraron fijamente si darse siquiera las buenas tardes, no lo necesitaban, tardes y tardes de la misma rutina les había enseñado a conocerse en el silencio, en la profundidad de sus miradas, en el miedo, en la angustia, puede que algún día también en la esperanza.
Y siguieron ahí, sin soltarse la mirada ni un segundo, como si estuvieran manteniendo una conversación de la que nadie mas puede ser partícipe, como contándose sus secretos mas profundos sin atreverse a decirlos en voz alta.
Cuando la voz de "siguiente" les interrumpe, el final del pasillo se vuelve aun mas oscuro...



